RESEÑA: Ángeles Fugaces, por Tracy Chevalier

Sobre su hombro vi caer una estrella. Era yo.

Cuando busco lecturas contemporáneas siempre trato de inclinarme por novelas ambientadas en mis períodos históricos favoritos. Y el siglo XIX es mi predilecto. Mis amigos cercanos saben de esto y siempre me recomiendan lecturas, por eso un día este amigo vino a mí con Ángeles Fugaces, de Tracy Chevalier, asegurándome que yo debía leer el libro pues estaba ambientado en mis tan amadas épocas victoriana y eduardiana y tenía todas esas cosas extrañas de la época en relación a la muerte, la sexualidad, la moral y las costumbres tan ligeramente perturbadoras de la época.

Tracy Chevalier es mayormente conocida por su libro La Joven de la Perla (que tuvo también su película).


Ángeles Fugaces tiene a dos familias: los Coleman y los Waterhouse. Ellos se conocen en el cementerio de su localidad, el día en que la reina Victoria fallece (como parte de mostrar respeto y luto las familias asistieron a los cementerios), pues las tumbas de ambas familias están ubicadas en el mismo espacio. La historia básicamente comienza el día que fallece la Reina Victoria y se inicia el período Eduardiano y el nuevo siglo.

Los Coleman son una familia muy rica, moderna y liberal. La única hija del matrimonio Coleman, la pequeña Maude, es tan práctica y astuta como su padre, pero carece de la belleza que caracteriza a su madre. Los Waterhouse son muy conservadores y tradicionales, tratan siempre de mantener los valores y aspectos morales propios del siglo pasado. Lavinia, la hija mayor del matrimonio Waterhouse es muy quisquillosa y ama obtener todo lo que quiere, pero es muy devota a todas las tradiciones victorianas, particularmente aquellas relacionadas con la muerte y el luto. Maude y Lavinia tenían 5 años cuando se hicieron amigas en el cementerio, donde gustaban pasar todo el tiempo posible, especialmente luego de hacerse amigas del hijo de uno de los enterradores del cementerio, el pequeño Simon Field.

En sí la historia se da desde entre 1901 y 1910, con temas como el aborto, como se lidiaba con la muerte de un miembro de la familia, la pelea entre las tradiciones y principios de la Era Victoriana y el nuevo mundo lleno de ideas modernas y  opiniones más liberales que traía la Era Eduardiana.


Okay. Me pasó que entré de lleno toda emocionada con la historia y la estructura en la que estaba escrita y terminé feliz de haber acabado ese libro. El inicio de la historia me capturó tan rápido pues era sumergirse de inmediato en el ambiente oscuro victoriano que rodeaba los personajes, con todas esas locaciones raras, el ambiente del cementerio, las tumbas tan bien descritas (¡que me quedé con las ganas de ver uno de esos cementerios ingleses!) y todo lo que estaba relacionado a la muerte era en sí bello de una manera muy oscura. Y me emocionó la estructura pues cada capítulo era contado 074c1c37c14af89a6b6aed64ee8f0591por un personaje diferente, lo que esperaba me permitiera adentrarme en los aspectos psicológicos de cada personaje y aprender a diferenciarlos sólo por ir leyéndolos.

Y de verdad esperaba que el libro mantuviera el mismo nivel durante toda la historia. De verdad tenía expectativas. Sin embargo, de la mitad hasta el final, terminé decepcionada. Y no quisiera sentirme así porque la historia es muy buena, pero ya al final era todo un bajón.

Para mí fueron dos cosas las que afectaron: las voces de los personajes y el apresurar el final. Lo primero pues porque era un buen recurso el contar la historia desde todas las perspectivas posibles para así tener más información de todo lo que pasaba, y eso me gustó al inicio, pero ughhh…. Que lástima. Lo que tenía potencial se volvió el elemento más débil de la historia en mi opinión. Considero que al escribir desde el punto de vista de cada personaje se espera lograr diferenciarlos unos de otros a través de la forma en cómo cada uno habla y analiza los hechos, sin embargo, en este caso todas las voces eran las mismas, todos los puntos de vistas eran iguales. Lavinia habla igual que su madre, Simon habla igual que Richard Coleman, la Maude de 5 años habla igual que la Maude de 15 años. Nunca se puede identificar, solo por leer, quien es el que habla pues todos tienen el mismo discurso.ec97d77a06e0bdbc1355587305d3a8eb

Y lo segundo es que el final fue muy rápido. De un momento a otro el ritmo lento se volvió tan aceler
ado y miles de nuevos elementos se añadían uno tras otro a la historia (y no se terminaban de fundamentar bien) y esa velocidad me abrumó, pues la lentitud del inicio me permitía asimilar y disfrutar todas las situaciones raras y oscuras, cosa que al final ya no lo hacía porque todo iba demasiado rápido. Si la intención de la autora era hacer un nexo entre lo lento y pesado de la Era Victoriana al inicio y lo rápido abrumador de la Era Eduardiana, y reflejarlo en la estructura del texto, pues entonces bien logrado. Sino era esa su intención, entonces es que de verdad se apresuró mucho.

Un detalle: todo el movimiento sufragista está incluido en la historia, por si les llama la atención. Y obviamente muere un niño (me hubiese sorprendido el leer una historia ubicada en esa época y que ningún niño muriera trágicamente).

Al final me quedó una duda enorme: ¿Cómo es que dos niñas de sociedad que apenas tenían entre 10 y 13 años podían ir al cementerio (y a cualquier lugar que se les antojase) solas? Tengo entendido que en tales épocas era inapropiado que una niña o jovencita anduviera caminando sola por las calles sin la compañía de un mayor.

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Mujercitas y mi segunda infancia

Siempre que alguien me pregunta con qué libro me inicié en el hábito de la lectura, siempre les menciono los libros de la colección El Barco de Vapor. Mi escuela tenía un sistema en que nos daba un libro a cada alumno del salón y la dinámica era que al terminar el libro lo intercambiaras con un compañero y así. Y si habías leído muchos podrías tener puntos extra. Recuerdo cuando anoté el último libro que leí, El Duende a Rayas. Era finales de septiembre y ya había leído 25 libros en lo que iba del año. Aún me sorprendo de como es que logré leer tanto cuando yo no consideraba aún a la lectura como algo de impacto en mi vida.

El recuerdo de aquellos libros con ilustraciones, portadas coloridas y papeles brillantes es muy grato para mí. Viví mi infancia en esos libros que, sin que yo me diera cuenta, me estaban conduciendo a este hermoso e interminable mundo de la literatura.

Y como ahora es día del niño en mi país, vino a mí la reflexión de como tuve dos infancias en la literatura. La primera es esa de la que hablé, la infancia que estuvo acompañada por mis entrañables libros de El Barco de Vapor. La segunda, que la viví cuando estaba en los últimos años de mi adolescencia, es con un solo libro: Mujercitas.

Hace poco comentaba con alguien sobre porqué Mujercitas me gusta tanto. Esto me hizo reflexionar en como su lectura fue para mí una segunda infancia, pues gracias a su lectura es que me inicié de lleno en la lectura de los clásicos.

Había leído todos los clásicos que se me imponían en el bachillerato y en la escuela de letras –al mismo tiempo. Los leía, los analizaba como mis maestros querían y desde los 13 hasta los 18 todas mis lecturas de clásicos habían sido por imposición, no decisión personal. Y fue de mucha ayuda, pues quiérase o no me formaron un criterio y, porque no decirlo, un gusto literario. El problema fue cuando entré a la universidad y me topé con la realidad. Ahora debía yo escoger mis lecturas.

Mi primer acercamiento a Mujercitas fue a los 14 años, cuando mi mejor amiga de aquellos años y yo compramos una edición resumida y llena de ilustraciones de el libro, sólo porque valía menos de 2 dólares. La historia me encantó, aunque sentía que debía ser más larga.

Y varios años después, caminando entre los puestos de una feria de libro en mi ciudad, vi una edición íntegra de Mujercitas. De El Barco de Vapor. Al fin me enfrentaba al verdadero libro. Tenía 18 años, estaba iniciando una nueva etapa en mi vida y estaba dispuesta a escoger YO mis futuras lecturas.

Y aquí es donde entró Mujercitas. La narración de la vida de 4 hermanas cuyo padre está en la guerra y que se les hace muy difícil el poder vivir cómodamente (y aún así logran tener momentos divertidos y felices) me impactó tanto, pues en un clásico de la literatura encontré lo que creo yo todo adolescente anda buscando en cierto punto de su vida: identificarse con alguien.

Cuando leo reseñas de libros juveniles casi siempre me topo con que les gusta la lectura porque se logran identificar con uno de los personajes. Pues esto pasa en los clásicos también. La cosa es que no se puede entrar a los clásicos de un solo, sino que al ritmo que cada uno tenemos. Yo encontré mi ritmo con las narraciones de Louisa May Alcott y su Mujercitas. Y ha sido una larga cadena de libros y autores que me han llevado a tener las lecturas que hoy tengo.

Mi infancia en los clásicos fue de Alcott. Pasé luego a un crecimiento de muchos autores, experimentos y lecturas diferentes, tomando siempre en cuenta que fueran clásicos, pero que siguieran mi ritmo. Y así me la he pasado probando, saboreando y explorando nuevos autores.

Y mi yo adolescente se encontró a sí misma en dos personajes al tiempo que comenzaba a dar sus primeros en los clásicos (los cuales ahora son mi vida, por cursi que parezca).


La quinceañera con sueños de escritora, cuyo pasatiempo era devorar libros y siempre estar activa. Y la frágil niña que ama estar en casa y pasar en familia, encontrando diversión en las cosas más simples y pequeñas de la vida. Jo y Beth.

Comentaba con mi amigo que la razón por la cual yo me identificaba con Jo es porque ella era mi ideal de cómo quería ser yo: decidida, necia, luchadora y buscando siempre su sueño de dedicarse a la literatura. Sí, Josephine March, con su castillo en el aire y sus palabras que aún hacen eco en mí:

Tendría un establo lleno de caballos árabes, salas atestadas de libros y escribiría con un tintero mágico, que hiciera tan famosos mis trabajos como la música de Laurie. Antes de entrar en mi castillo, desearía hacer algo admirable que no se olvidara después de mi muerte. No sé lo que será, pero lo espero y algún día pienso sorprenderlos. Creo que escribiré libros para hacerme célebre y rica.; eso concuerda conmigo, de modo que es mi sueño favorito.

Y más aún al conocer a la Jo de Aquellas Mujercitas, la que se siente atrapada y necesita salir al mundo, sin temor al cambio, a cosas nuevas:

Creo que mejoraría con el cambio. Voy a ver y oír cosas nuevas, y aún si allí no tuviese mucho tiempo para escribir, a mi vuelta traería montones de materiales para mis “tonterías”.

Experimentar, crecer, caerse, levantarse. Aceptar que ya aquella infancia llena de aventuras sencillas se terminan pues algo dentro hace querer buscar más, conocer más.

Pero luego está mi otro lado. Quizás a veces perceptible sólo para mí. Mi lado de Beth. La frágil niña que quiere estar siempre con su familia. Cuyo castillo en el aire es tan simple, pero hermoso:

El mío es quedarme tranquilamente en casa con papá y mamá y ayudar en el cuidado de la familia.

Jo y Beth son tan diferentes… Pero en ambas encuentro rastros de mi infancia. Y este día del niño lo mejor es disfrutarlo con el libro que nos hace sentir eso, ser un niño. El mío es y siempre será mi Mujercitas.

Pero la vida que yo anhelaba entonces me parece egoísta, fría y solitaria. Todavía no he renunciado a la esperanza de que algún día escriba un buen libro, pero estoy dispuesta a esperar y segura de que voy a salir ganando con experiencias y ejemplos como estos.

Jo March

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