Las palabras de la tierra azul: Una mirada a la poesía salvadoreña

El hombre de los ojos iracundos preguntó: ¿Qué es la poesía?

El hombre de los ojos limpios

Miróle profundamente, sin proferir palabra.

En su mirada había poesía. 

La poesía, Roque Dalton

Hay algo en la poesía que me cautiva y me envuelve más que cualquier otra expresión humana. Es la forma más cercana que tengo de comprender los pensamientos y pasiones de un ser humano diferente a mí, que, a pesar de esas diferencias, conecta conmigo a través de palabras y ritmo, y yo puedo ponerme en el lugar del poeta, o ver mi vida usando como gafas sus versos. 

La poesía se nos presenta a los estudiantes salvadoreños como un deber más. “Lean este poema y me dicen de qué trata” son las palabras que las maestras repiten en cada aula donde se imparte lenguaje y literatura. Y siempre esos poemas son de autoría salvadoreña. 

Es porque un pajarito de la montaña ha hecho,
en el hueco de un árbol, su nido matinal,
que el árbol amanece con música en el pecho,
como que si tuviera corazón musical.

Si el dulce pajarito por entre el hueco asoma,
para beber rocío, para beber aroma,
el árbol de la sierra me da la sensación
de que se le ha salido, cantando, el corazón. 

El nido, Alfredo Espino

“¿Por qué el árbol tiene música en el pecho? ¿Por qué dice el poeta que se le ha salido cantando el corazón? ¿Qué significa el pajarito?” son las preguntas usuales que nos hacen los maestros al leer quizás uno de los poemas más repetidos en salones de clases salvadoreños, donde las estrellas son un árbol, un pájaro y la música. Repetimos poemas de Alfredo Espino en los primeros grados, donde “Ascensión” y “Un rancho y un lucero” compiten con El nido como los más famosos entre los estudiantes. En los actos cívicos los niños declaman “La pájara pinta” de Claudia Lars. En bachillerato, entre risas y nerviosismo leemos el “Poema de amor” de Roque Dalton, con el profesor sonrosado al decir el verso entrañable “los arrimados, los mendigos, los marihuaneros, los guanacos hijos de la gran puta”. Esos son nuestros acercamientos a la poesía salvadoreña. Esos son los primeros acercamientos que yo tuve, como cualquier otra estudiante de escuela pública. Pero, ¿por qué continúo leyendo poesía salvadoreña?

Leo poesía, tanto que eclipsa cualquier otro género. Como lo mencioné, la poesía me conecta con otro ser humano distinto a mí, algo que en mi opinión me ayuda a mejorar como ser humano, a ser empática y consciente de mis emociones, siendo las emociones ajenas una forma de ver desde otra perspectiva mi sentir. La poesía puede tanto esconder sentimientos y personas, así como crudamente exponerte ante los demás. Y sólo interactúan dos en este acto de humanidad: el poeta y el lector. 

Malogrados los ojos
Oblicua la niña temerosa,
deshechos los bucles.
Los dientes, trizados.
Cuerdas tensas subiéndome del cuello.
Bruñidas las mejillas,
sin facciones.
Destrozada.
Sólo me quedan los fragmentos.
Se han gastado los trajes de entonces 

Autorretrato, Claribel Alegría

Conforme fui entrando a mis veinte años decidí explorar otros poetas, otras nacionalidades. Aprendí a leer poesía en inglés, y por temporadas completas sólo leí autores anglosajones como Sylvia Plath, Anne Sexton, Emily Dickinson, John Keats, Robert Frost y EE Cummings. Sin embargo, siempre retorno –aunque sea sólo por leer un par de versos– a mis poetas favoritos salvadoreños.

Los poetas salvadoreños me tocan más que cualquier otro poeta extranjero por tres razones. La primera es porque es lo primero que conocí de poesía, razón simple para que me avoque a ella como un hogar o una lengua materna. Hay unos versos de Raúl Contreras que cada vez que los leo siento que estoy en casa, que esta es la poesía que quiero leer toda la vida. Fueron los primeros versos que leí cuando leer poesía salvadoreña se convirtió en una decisión personal, lejos de las aulas, para explorar y explorarme:

Ángel en mí, lejos de mí. Tan leve
Que ni a nombrarte la ilusión se atreve,
Y, sin embargo, la ilusión te nombra
… 

Ángel en mí, Raúl Contreras

Mi otro motivo es que a esos poetas y a mí nos une una misma tierra. Conocieron (o conocen) mi país, lo vivieron. Y aunque algunos de sus poemas fuesen escritos en otras tierras, el hecho que estos poetas sean de este país, que compartamos una misma sangre, me toca inmensamente. Paseo por calles de cualquier parte del país pensando ¿y qué si en esta calle surgió un poema? ¿O si en esta esquina alguien recordó un gran suceso en su vida o la de otro, y creó un verso? Pensar que en cierta plaza, árbol, iglesia, etc., fue el refugio para la creación de un verso me hace temblar y me da más curiosidad por leer. 

San Salvador ya no echa de menos a la lluvia
Se convirtió en maroma que observamos 
con la boca redonda
de sorpresa 
y de hambre

Ciudad, Otoniel Guevara

Árbol gigante y bello que juega con las nubes:
su cabellera densa, peinada por la brisa,
esconderá el arrullo de la paloma viuda
y el primor delicado de la frágil orquídea. 

Árbol de fuego, Claudia Lars

Y lo tercero es, más que un motivo, una queja. Me enoja que poco se hable de poesía salvadoreña. Me enoja que no se hable de nuestros poetas, de sus vidas, del impacto que causan en nuestra literatura, de lo buenos que son en escribir lo que todos sentimos. ¿Por qué cuando hablamos de poesía salvadoreña sólo se mencionen uno o dos poetas? ¿Por qué los poetas actuales no son tan conocidos como nuestros “clásicos”? Quisiera que junto a los grandes poetas de principios de siglo XX se hablara también de nuestros poetas de post guerra, o de los jóvenes que están iniciándose en la poesía y están ya publicando. Nuestra poesía es buena, es apasionada, viva, fuerte. Puedo leer cualquier otro poeta extranjero, pero no me siento tan en casa y tan orgullosa como al leer un poeta local. 

Usted gira conmigo

Que giro desnudo

En los colores de la ceguera,

Quedando como azufre humeante

En las grietas de lo que no se dijo.

Poema escrito por un adolescente quien observaba, en la fila de junto, a sus compañeras, todo esto antes de realizar una importantísima prueba de conocimiento, Vladimir Amaya.

Leamos poesía. Leamos poesía para llorar, para reír, para odiar, para amar, para poder vivir todo esto de verdad, con intensidad. 

Y leamos nuestra poesía. Busquemos esos tesoros escondidos, tanto en los libros de poemas que hace años compramos para la escuela, como en antologías de nueva poesía salvadoreña.

Hoy me brota la palabra fresca como los helechos 

Para decir: ¡te amo!

Te amo en este domingo que tiene sencillez de beata

Y delantal de lino

Domingo todo lleno de veredas

Y campanas perdidas en el alba.

Te estoy amando aquí, frente al paisaje.

Te estoy amando aquí, Radmila Peters. 

Radmila Peters, Oswaldo Escobar Velado

Yo esperaba decirte algún día,

Que sí, la que es puta vuelve,

Pero yo vuelvo con la mano alzada, 

Y al paso que la gana me dé.

Cuesta distinguir entre la torpeza y la huida,

Entre el rencor y el poder propio. 

Un tanto retorcida, Gabriela Paz López

Empapémonos de los versos cuya raíz humana y creadora es en nuestra tierra, porque tenemos poesía vibrante, nacida en esta tierra, poesía lista para conectarnos con otros y con nosotros mismos y con nuestra humanidad. 

Leámonos.

Poeta soy… y vengo, por Dios mismo escogida,

A soltar en el viento mi canto de belleza,

A vivir con más alto sentido de nobleza,

A buscar en la sombra la verdad escondida.

¡Y las fuerzas eternas que rigen el destino

Han de volverme polvo si equivoco el camino! 

Poeta soy, Claudia Lars

*Este artículo lo publiqué hace un par de años en otro medio. Vuelvo a recordarlo en mi blog, pues creo importante que cada uno alce la voz por la poesía salvadoreña.


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